viernes, 13 de febrero de 2026

Para toda la gente que he amado.

 Qué lindo es mirar hacia atrás y ver cuán amada he sido, de tantas maneras y por tantas personas diversas y más lindo es darme cuenta de lo incompetente que soy para esto del romance.

Lo cierto es que, incluso cuando me he instruido lo más posible con libros, película, canciones, teatro, etcétera etcétera, mi conocimiento sobre el romance es a nivel téorico es bueno, pero a nivel práctico es casi nulo.

Porque incluso cuando he estado más de una ocasión en medio de situaciones románticas, noviazgos, aventuras, etc., sigo sintiendome profundamente primeriza. Cada vez que me enamoro es como la primera vez. Como si lo que antes viví dejara de tener peso, ¡No aprendo! Y quizás no cometo los mismos errores pero tampoco tomo las precauciones que alguien que ha vivido lo que yo he vivido tomaría en pleno uso de sus facultades mentales.


Qué bonito es recordar a través de fotos, de la piel, a través de la memoria, de las cartas. Qué bonito volver a esos lugares que construimos, ellxs y yo, qué bonito sentir que mi vida vale la pena gracias a eso.

Pero qué desalentador saber que pese a todo, sigo ignorante a cómo funciona mi corazón.


El sábado pasado fui a comer con mis amigas. En algún momento de la conversación, una de ellas empezó a hablar sobre las cosas que estaba aprendiendo en sus clases y tocó el tema de las filias. Mientras ella se explayaba yo intenté enlazar aquello que explicaba y mis experiencias.

Mi pansexualidad no sólo se define por mi nula preferencia de sexo-género, sino que también soy incapaz de encontrar un patrón en mis atracciones.

Me gusta quién me gusta. Oscilo entre todes me gustan y nadie me gusta. Siento atracción por todos los tamaños, por los colores, por todas las expresiones, por todos los modismos, por todas las personalidades.

¿Pero enamorarme?

Antes me bastaba con encontrar belleza en quién me escribía cartas de amor y me regalaba dulces los catorce de febrero. Incluso aprendí a condicionarme a <<querer>> a las personas que me querían. Adoctrinada por una ley patriarcal sobre mis relaciones con hombres, fui instruida para entender la atención de ellos como un regalo, un premio. Algo que debía corresponder con entusiasmo, pero cada vez que me obligaba a aceptarlos me sentía muy mal conmigo misma. Me sentía culpable, por saber que les estaba "dando alas". Me sentía sucia, por traicionar mis sentimientos. Me sentía malvada.

Cualquier privilegio social que adquiría cuando dejaba de ser Mariana y me convertía en La Novia de [inserte nombre de un muchacho] no valía la pena.

Me tomó AÑOS de mi adolescencia y joven adultez quitarme esos aprendizajes heteronormados. Incluso cuando desde muy temprano en mi vida sabía que no era hetero, incluso cuando la pansexualidad está abierta a amar a hombres, yo sabía que muy pocos de ellos realmente despertaban algo en mí, más allá de lo sexual. 

Ahora a mis treinta puedo decir que pese a todos mis noviazgos y romances con ellos, quizás a lo mucho me he enamorado de 2 o 3 de ellos. Romances juveniles que no moldearon mucho mi manera de ser o mi vida pero que me ayudaron a descubrir mi anhelo por el romance.


Porque sí, es cierto que el género no me resulta un factor ni nada así, y por lo mismo los hombres que se me acercan tienen que ofrecer algo más allá de una masculinidad performativa o una erección.



 

Una vez que intenté razonar mi respuesta con respecto a lo que mi amiga nos expuso durante la comida, no pude evitar responder: "Me gusta la gente hermosa y violenta".

Y mis amigas de:


XD

En general, ésa es mi respuesta cuando alguien me pregunta si tengo algún tipo de prefencia o patrón. Pienso mucho en eso: Pienso en cómo ningunx de mis ex se parece entre sí, quizás salvo la afirmación de mi ex-roomie de decir que el mimors le recordaba a karli pero creo que eso es un tema muy particular.

La cosa es que, a la hora de abrir apps de citas o de responder qué es lo que busco, mis pensamientos son tan vagos que no ayudan en nada.

Las características personales suelo atribuirlas al carácter y, bueno, a la persona en sí. No es lo mismo decir "Me gusta una mujer hermosa y malvada"  que decirlo de un hombre. Uno supone una fuerza de carácter y hasta una personalidad hostil, lo segundo supondría un feminicia en potencia.

Con las mujeres me pasa algo curioso, contrario a los hombres: Primeramente me siento atraída hacia ellas, así, de la nada, sin conocerlas, pero una vez que abren la boca puedo sentir cómo esa calidez en mi piel y mi corazón se desvanecen de chingadazo.

También el hecho de que aparentemente a todas les jode ser directas, entonces a mí me toma semanas, meses, AÑOS en darme cuenta de que me están queriendo ligar y eso me estresa, más que halagarme.

Mis muchas o pocas experiencias con mujeres se resumen en aquellas que tuvieron los ovarios de decirme en mi cara que les gusto o aquellas que casualmente coincidimos en un momento de extrema vulnerabilidad y con el alcohol dimos el paso.

No es que yo no tenga ninguna intención de un romance con una mujer, nuevamente insisto, es que siento que ellas perciben mi atracción o curiosidad como interés romántico cuando eso es lo tercero que siento al conocer a alguien.



Lo cierto es que, incluso contando las situaciones en que estoy segura que no estaba enamorada, mis relaciones con mujeres y hombres han sido satisfactorias.

Las disfruté. He disfrutado cada aspecto de ellas: Las muestras de amor, los regalos, las caricias. Incluso las peleas. Incluso la ruptura.

Pienso que es maravilloso que para mi edad (30) haya vivido tantas vidas. Quisiera decir que aprendí algo pero siento que más bien he aprendido a guardar esas historias como quién lee cuentos de fantasmas.

Evidentemente no todas han sido así. Obvio me he enamorado: No bajo las reglas que me dijeron en el catecismo, ni lo que me acostumbraron a ver en casa. Tampoco con las presiones de mis amigxs cisheteros, ni las clases de ética y biología de la preparatoria.

Me he enamorado. Mucho. Pero ha pasado tanto tiempo entre una y otra, que ahora que quiero descifrar ese proceso sólo acabo con dolor de cabeza y una sensación de desolación, porque me parece que hay muy poca gente que ha vivido lo mismo que yo.

Grisromántica le dicen.




¿Qué me gusta? Pues todo me gusta, esa es la respuesta más concreta y honesta que tengo.

¿Qué te enamora?

Quién sabe we.

Viví un par de romances con gente nb y lo cierto es que no fue tan diferente (MIS SENTIMIENTOS, QUIERO DECIR) con respecto a las mujeres y los hombres.

Sí me enamoré de dos personas nb. Quiero pensar que su manera de proyectar el género me encantó, al ser genderqueer me identifico mucho, ¡Pero igual todo acabó!

De mala mandera, además XD



Entonces: ¿Qué aprendido de esto? Desde los 6 años vengo viviendo situaciones románticas que han moldeado mi manera de amar pero que siguen sin definir mis preferencias.

De repente tengo epifanías que creo son certeras (¡Me gustan lxs escritorxs me dije a los 20 y NEL) y llega algo o alguien que las refuta.

Me gusta la gente "inteligente" hasta que el maestro de la carrera  me escribe un whats a las 11 de la noche con faltas de ortografía básicas.

Me gusta la gente "malvada" hasta aquella chica malencarada que era grosera hasta con los meseros.

Me gusta la gente "directa" hasta que mi amigo intenta besarme afuera del baro, en mi cumpleaños.

Me gusta la gente "paciente" hasta que el muchacho con el que me besé en un cine está dispuesto a tolerarme mis ranteos malintencionados y no me corrige.

Me gusta la gente...


Pues, me gusta la gente. ¿Pero me enamoro de la gente?

Sí.

A veces. Casi nunca.



lunes, 2 de febrero de 2026

De romance y adicciones

Estoy consciente que mi consumo de alcohol no es el ideal, también sé que no es un hobbie sano. Mi carrera en esta droga legal es un poco extraña, porque contrario al habitante mexicano promedio, yo empecé a tomar hasta pasados los 20 años y en eventos importantes, como la boda de una amiga, sin embargo, una vez que inicié nunca lo solté. 

Quizás a lo largo del tiempo mi consumo ha ido variando con respecto a mis actividades: Bebía considerablemente menos cuando estudiaba, reservaba mis ganas para las reuniones de fin de mes con mis amigas o cuando viajaba a Guanajuato capital para ver a la chica que me gustaba. Cuando me gradué y me hice de un trabajo serio y formal, bebía casi diario. Un fourloko, con uno me bastaba. Claro que solía comprar otro para mi roomie, quién rara vez lo aceptaba. 

Luego renuncié y volví a casa de mis xadres, donde mi consumo volvió a disminuir, más que nada porque debía cuidar el poco dinero que me quedaba en lo que buscaba otra cosa y porque mis xadres, personas que abandonaron el alcohol y el tabaco, nunca les gustó vernos (o saber) a mi hermana y a mí beber.

Pese a eso nunca dejé de beber: Bebía sola, en mi casa. Bebía cuando iba a ver a mis amigxs, bebía con ellxs, en fiestas o cuando nomás lxs iba a ver a sus trabajos. Bebía con el muchacho que conocí en tinder, nuestra relación se basaba en tres cosas: "Hacernos compañía", beber y ver películas en el cine.

Bebía soltera, bebía triste, bebía feliz, bebía en las fiestas familiares, bebía en las fiestas de mis amistades. 
¿Pero beber enamorada?
Beber enamorada me alteró para siempre.
















Nunca consideré mi consumo como problemático. Claro, era quizás ligeramente un poco más frecuente pero nunca entorpeció mis responsabilidades ni mi vida en general. Tampoco era de que terminara vomitando en el baño ni que la cruda me resultara debilitante.

Entonces conocí a esta persona. Y esto, por supuesto, no es CULPARLE DE NADA. Ellx no tiene responsabilidad alguna sobre mis decisiones, sólo para aclararlo, sólo estoy escribiendo sobre lo que viví.

Esta persona tenía (¿O sigue teniendo? probablemente sí) un problema con el abuso de sustancias. Casi que se presentó con eso, como si fuera una característica que compartiéramos. Yo no juzgué su actitud ni nada pensando en eso, de hecho para mí parecía bastante funcional y normal, contrario a mí, cuyo estado etílico remarca o disminye mis rasgos: Ebria soy más eufórica, social, más alegre, más soportable quizás. Más desinhibida, menos ansiosa y por lo tanto, una versión más digerible.

¿Pero ellx? Ellx me parecía totalmente sobrix. Sensatx, sensible, alerta.

Me gustaba mucho, me enamoré como no me pasaba en un tiempo considerable y por más que lo intentara. Ellx llegó como un regalo, literal, un día después de mi cumpleaños. Estaba muy contenta de saberme acompañada y amada. Fue surreal amar cuando pensé que ya nunca podría hacerlo, no a la persona que amé antes. Y creo que en esa bruma de enamoramiento, la famosa llamada "luna de miel", mi cuerpo pidió más. Y se lo di, porque el alcohol amplifica todo y es emocionante.

Si el amor que ya estaba viviendo me hacía sentir, ¿Se imaginan ebria? Y bebí en días en que no bebía.
Luego hicimos que la noche del sábado fuera nuestra y ellx se tomaba algo o fumaba algo y yo bebía.

No era un tema tabú entre nosotrxs. Hablábamos de lo que habíamos ingerido el martes al medio día o el sábado a las cinco de la tarde. Nos compartimos nuestras experiencias, hablamos de nuestras preferencias, y nunca nos juzgamos de adictxs a pesar de saber que técnicamente lo éramos.






Todo iba bastante bien. Ellx me amaba y yo a ellx también. Nos juntábamos los sábados para ver pelis de terror (porque ambxs amamos el cine de horror), nos intoxicábamos, nos desvelábamos, compartíamos nuestros cuerpos, nos escribíamos cartas de no-amor, nos hicimos una playlist para documentar todo. Hablábamos mañana, tarde y noche. Compartíamos nuestras inquietudes creativas (porque ellx también escribe ficción) y yo sentí que realmente existía una vida después del amor, una vida que era más amor.

Y entonces las drogas se interpusieron. Ellx cruzó una línea que le marqué con énfasis. La cruzó por las drogas. Dijo que "tuvo una mala reacción", que pudo morir. 

Eso fue la primera alarma que sonó en mi cara, con grandes luces rojas.

"Esto se va a EMPEORAR"









¿Pero hice caso? Apenas atendí a mis instintos. Me sentí tan herida que le pedí algunas cosas pero recordándole que le seguía amando como antes de ese incidente.
Ellx no tomó muy bien eso, porque aunque dijo que lo entendía y lo respetó (quiero pensar), de todas maneras su manera de ser cambió.

Dejé de beber por la euforia de este amor y empecé a beber por ansiedad. Parecía que sus desplantes eran un castigo: Dejó de tener sábados conmigo, dejó de desearme los buenos días, dejó de poner música a nuestra playlist. Dejó de hablar conmigo. 

Y yo me morí. Me morí entre la angustia, el desamor y el alcohol.

Y confieso que, pese a que han pasado dos años, no he podido regular del todo mi consumo. A veces creo genuinamente que se me ha ido de las manos.






Terminamos eventualmente, yo inicié la ruptura y ellx lo aceptó. Quisimos mantener una amistad porque según yo, ambxs nos apreciábamos aunque fuera como amigxs pero ellx me ghosteó meses después, exactamente en un día de febrero del 2025.
Simplemente dejó de responder a mis mensajes, mis llamadas, mi todo.

Es cierto que la última conversación que tuvimos "como amigxs" se tornó en discusión pero no fue ofensiva ni hiriente. Fue una plática tensa, incómoda quizás, pero pensé que el sentimiento de apreciación y cariño estaba ahí. ¿Cuántas veces no me dijo que me quería, que me amaba?
Nada de eso importa, porque al final creo que sólo quería aspectos de mi persona: Quería mi corazón, mi cuerpo, mis ideas. Ellx no quería mi amistad, no quería mi compañía. 

Quería mi presencia, sobre todo cuando estaba ebria, en mi mejor versión.

Después de ese bombardeo, intenté retomar mi vida. Intenté olvidar sus reclamos porque le dije que era amiga de mis ex, intenté olvidar sus groserías, sus rechazos, todo lo malo. Intenté olvidar todo lo bonito que vivimos, el amor que sentía por ellx, el amor que ellx dijo sentir por mí. Le borré de mi vida y me concentré en pasar un día a la vez.

Pero ese día se convirtió en un día bueno, y un día malo, y en los días malos la sed me ardía en la boca. En los días malos mis piernas se movían a la vinícola, y mi desesperación me llevó a probar nuevas cosas que antes no consideraba viables "por dignidad".
Mi cartera se hizo anoréxica, me hicieron miembro de la tienda y llegué al punto de que ni necesitaba pedir porque los empleados rápidamente me servían, como si leyeran mi mente.
Llegué al punto de que aprendí a vomitar en silencio, porque que mis xadres se dieran cuenta de que estaba vomitando a las cuatro de la madrugada significaba un regaño.
Me vi obligada a mentir por mi cara ante mis amistades: Las ojeras son porque no he dormido bien. La inflamación es porque estoy en mis días. La resequedad es por el frío. 

Mi cuerpo se debilitó, mi voluntad también.
Si bebía, no lo suficiente como para terminar arrastrando las palabras, era un buen día. 

¿Cuántas cosas no puse en mis redes sociales que tuve que borrar porque al día siguiente me daban vergüenza? ¿Cuántas conversaciones sostuve con mis amistades que me detectaron desde el primer momento?

Una vez di una sesión de mi club de lectura completamente borracha. Al día siguiente no me acordaba de lo que dije, es más, creo que ni terminé de leer el libro pero la di, firme, puntual. ¿Alguien me dijo algo después? No.






Quisiera terminar este post diciendo que estoy mejor ahora. Que aprendí a manejarme más. Que soy más juiciosa.
No es así.

Pero lo estaré, porque a mí lo que no me mata me hace más artística y chistosa.








jueves, 22 de enero de 2026

doler

A lo largo de mi vida he vivido más funerales que quinceaños, bodas, baby-showers y graduaciones combinadas. No lo digo con el afán de sonar dramática o trágica, sino más bien como una verdad irrefutable, una verdad que he aprendido a aceptar como natural, como inevitable pero confieso que una nunca se acostumbra a las despedidas, los velorios y el llanto atorado en el pecho.

Mi primer funeral, si no mal lo recuerdo, fue cuando tendría como unos seis o siete años. Estaba plenamente consciente de lo que sucedía: Mi abuelo paterno había fallecido y en mi mente infantil adoctrinada por el catolicismo, eso significaba que se había ido al cielo, porque según yo mi abuelo fue un buen hombre. La recompensa por haberse portado bien en vida es ir con diosito. 

Pero los demás nos quedamos aquí, por supuesto. Su esposa, sus hijxs, sus nietxs, sus amigxs. Quizás yo estaba más concentrada en entender qué era la muerte que no me detuve a pensar en lo que significaba para mi papá perder a su papá, pero sin duda, más allá de una experiencia traumática, fue para mí la entrada a un mundo que no conocía:

La muerte.





A partir de ese momento empecé a convivir con ella, La Muerte(C), porque no sólo vino por mi abuelo sino por mis demás abuelxs, por mis tíxs, por mis primos, por mis maestrxs, por mis amigxs incluso.
Había años malos, en los que se morían tres personas que conocía y eran años terribles. A veces nomás una persona. Para mí un excelente año era cuando la gente que quería seguía viva, no importaba las tragedias personales que podía a travesar.

Y era una experiencia que he vivido mucho: En la primaria, en la secundaria, en la preparatoria, en la carrera, en mis años de adulta. Nunca se vuelve más fácil y de hecho creo que veo las cosas diferentes cada vez que me fundo en mi cama de regreso de un velorio.

Quisiera poder decir "una aprende de tanto funeral al que asiste" pero quizás lo más útil que descubres es quién realmente te quiere y está ahí para cuando lo necesites, de la manera que sea. Porque, honestamente creo que importan más los brazos que te abrazan en el estacionamiento de la funeraria que las manos que te aplauden en tu momento de victoria.





Con el tiempo, por más desensibilizada que he querido ser, creo que me he vuelto más... no sé, ¿Compasiva? Más consciente de lo que la muerte de un ser querido representa para quién la vive. 

Yo la he vivido de muchas maneras: Con mi abuelo, cuando era muy niña. La muerte de mi abuela materna apenas y la tengo presente pero por mi escasa edad y el hecho de que mi padre ocultara el estado real de mi madre para dejarla vivir su duelo sin miedo a asustarnos. 

Con mi primo, cuando era adolescente, desconcertada porque fue un accidente y todo fue muy sorpresivo, muy rápido y aún así no quería ir al funeral. Al final sí fui. 

Con mi maestro, cuando iba en el segundo semestre de la carrera, todavía ni siquiera terminabamos el ciclo escolar cuando ya estábamos en la iglesia dándole el último adiós. 

Uno año y medio después con Gerardo, en el que la pasé muy mal llorando en los baños de la escuela, atentando contra mi vida las noches de noviembre.

Con una amiga muy cercana, en mi primer año de trabajo formal y profesional. Bebí tanto que no pude llegar al cementerio, me quedé llorando en una esquina, debajo de un árbol. Y estuve así, llorando y ebria el resto de los meses y bueno, ya saben, no me gusta hablar del 2018.

Y eso sólo por mencionar las más cruciales en mi formación y mi percepción de la vida y la muerte.







¿Qué tomas de tantas pérdidas, de tanto dolor, de tantas despedidas, de tantos salones de azulejos pulcros y Jesucristos clavados en una cruz?
Créanme, me he tomado mi tiempo para recorrer cada camino que se me ha ocurrido: La religión, cualquiera que ofrezca una respuesta para la muerte. La ciencia, la psicología, la tanatología, la medicina. He leído sobre historia, sobre las antiguas civilizaciones cómo vivían esto del duelo, la muerte, el adiós orgánico.
He recurrido incluso a la poesía, al cine, a la música. 

Quiero respuestas, pero ahora a mis treinta, y después de todo lo que he vivido, me doy cuenta de que mis preguntas están mal formuladas.

¿Qué nos pasa cuando morimos?

Dolemos. Le dolemos a quiénes nos amaron.







Para toda la gente que he amado.

 Qué lindo es mirar hacia atrás y ver cuán amada he sido, de tantas maneras y por tantas personas diversas y más lindo es darme cuenta de lo...