miércoles, 18 de febrero de 2026

Perdóname padre, porque he pecado mucho de pensamiento...

 Las iglesias me dan miedo. No importa cuál sea su estilo arquitectónico ni a qué santo o a qué divinidad esté dedicada, todas me producen la misma sensación inquietante de angustia y paranoia. Quizás una parte de mí cree que esos lugares se llenan muy rápido de gente desesperada y ésta me resulta perceptible a mis sentidos, igual que entrar a un hospital o un recinto fúnebre. Quizás hay algo más.

Es innegable que esta adversión tan instintiva viene desde mis tiernos años de infancia, exactamente por el contexto familiar tan marcadamente católico en el que crecí. Luego las escuelas en las que estudié, desde las primarias y hasta la prepa en colegios religiosos (Lo menciono en plural porque saben que estuve en muchas escuelas)

La religión para mí, desde mi nacimiento, y exactamente como a millones de otras personas, fue una imposición. Nadie nunca me preguntó si era algo que me interesara, sólo dieron por hecho que así como mi género y mi orientación, mi catolicismo era por default, casi que por naturaleza.

Así que me vi obligada a crecer entre misas, sermones, historias terroríficas totalmente NO APTAS PARA NIÑXS, entre privaciones y prejuicios.

Por eso cuando cumplo algunos años y mi desbordante curiosidad infantil se hace presente, las respuestas que recibo son represoras:

A Dios no le gustan las niñas preguntonas.

Así me responden en el catecismo cuando pregunto que por qué juzgan tan mal a Judas Iscariote si su destino era traicionar a Jesús y según lo que dicen las catequistas, Dios tiene un plan para todos.

A Dios no le gustan las dudas.

Así me dicen cuando pregunto la intersección de los dinosaurios y la historia de la creación.

A Dios no le gustan las desobedientes.

Así me dicen cuando no quiero ponerme de rodillas para "hablar con Dios".

A Dios no le gustan las desviadas.

Así me dicen cuando quiero hacer el bailable por el día de las madres con mi amiga, no con un niño al que no le hablo.

A Dios no le gustan las herejes.

Así me dicen cuando pregunto que si Dios es todo poderoso y omnipotente, por qué no hace nada para detener el mal en el mundo que ÉL creó.


A Dios no le gusto yo. 





Pero si a Dios no le gusto cómo soy, ¿Por qué me hizo así?

¿Por qué me hizo contestona, curiosa, desobediente, rebelde, impaciente?  ¿Por qué me hizo pansexual, genderqueer? ¿Por qué me hizo vegetariana? ¿Por qué me hizo sensible, autista, adicta, hocicona, incapaz de la mesura, con el fuego en mi cuerpo que me niega la indiferencia?

¿Por qué me dio todos los rasgos que odia?

¿Por qué me quiere entre su prole?



Cuando me descubrí pansexual, lo primero que hice fue obviarlo, ignorarlo. Me obligué a creer que era sólo apreciación artística por las mujeres. Que su belleza me obsesionaba porque quería verme igual. 

Pero cuando la atracción romántica y sexual se volvió incapaz de manejar, me dije a mí misma que era natural. Que todo el mundo siente <<curiosidad>>. Que es parte de crecer. Que eventualmente encontraría a un buen hombre que despierte en mí todo lo que debe ser despertado.

¿Pasó?

Pasó, a costa mía.

Por cada enamoramiento que vivía de una mujer o de una persona nb, la culpa, el autodesprecio, el terror eran parte de. Saberme indigna del amor de Dios me volvió indigna de la compasión más fundamental, la propia.

Saberme sola en mis experiencias (porque las comuniqué entre mis pares y aparentemente era la única gei) lo empeoró todo. Lo lógico era hacerme bolita y esconderme del mundo. Crearme una máscara, una Mariana aceptable. Una Mariana alista, cishetero. Una Mariana creyente, una Mariana obediente.

¿Por qué Dios me haría como soy si pretende echarme a las fauses de sus seguidores?





Mi trauma religioso es tan profundo que recurro a la auto-lesión para expiar mis pecados. Es tan profundo que encuentro consuelo en la vergüenza, en el dolor. La humillación por mis errores se sienten como jabón sobre herida abierta.

Reprimirme, darle todas las vueltas necesarias a mis sentimientos y pensamientos es un ritual que debe ser frecuentado con cierta temporalidad.

Me obligo a arrastrarme a la iglesia cada vez que dejo de creer en la humanidad. Me arrodillo y le pido a Dios, a Satanás, a quién sea que me escuche, así sea una persona a mi lado o un maldito alien, que me ayude.

Blasfemo mucho. Ésa es mi manera de repeler mi adoctrinamiento, de demostrarle a alguien (¿A mí, a los demás?) que estoy curada, que estoy lejos de eso, que he evolucionado intelectualmente, pero después de cada chiste no puedo evitar escuchar la voz de Gerardo diciendo "Maldecir el nombre de Dios es tu pasaje directo al infierno".


¿Por qué Dios me odia? 






Fluctúo mucho dentro de mis circunstancias. Cuando la estoy pasando mal, cuando nada me ayuda ni parece haber salida más recta que la muerte, regreso a la iglesia. Cuando me siento mejor, vuelvo al mundo real.

Cuando me preguntan mis creencias, mi respuesta es sencilla: No sé.

No sé si Dios existe, porque si sí existe y ve lo que su creación se ha hecho entre ella y no lo detiene, entonces es un mezquino.

Y si no existe, es casi un alivio, porque entonces no tengo que entregarle cuentas a nadie por mis errores, mis maldades, mis pasadas de lanza y mis pendejadas.

Si Dios existe y no puede hacer nada, entonces le tengo lástima. La impotencia debe ser brutal.

Soy muy crítica de la religión, de todas. Cuando a los diesiséis descubrí con profundo entendimiento lo que la iglesia cristiana hizo en el nombre de jesucristo, decidí renunciar a mi fe. Me pareció (Y todavía) humillante y terrible que yo perteneciera a un grupo que usaran el nombre de mi religión para crear genocidios. Imperalismo. Colonialismo.

Entonces me puse a investigar sobre a qué otra religión podría unirme, porque una vida sin una me resultaba risible, tonta, infantil.

Leí sobre todo: Sobre budismo, sobre judaísmo, el islam, hinduismo. Incluso sobre la wicca y la Santa Muerte. Conocí a gente de todos esos credos. Conocí gente atea. Debatí con todos, hice mis preguntas porque necesito saciar mi curiosidad, esa curiosidad que me condenó al desprecio de dios desde mis 8 años.

Nada me satisfajo. Nada me convenció. Nada me conmovió. 




Mi relación con Karli, mi ex mejor amiga y la única mejor amiga que he tenido, se tiñó de tensión por lo mismo. Ella cristiana devota desde su nacimiento, yo agnóstica-casi atea. Discutíamos mucho sobre el asunto. No porque ella creyera en dios, sino porque creía demasiado en su religión. La influencia que ese grupo de persignados moralistas hipócritas tenía sobre ella me horrorizaba. Karli tenía tantas razones para despreciarlos a todos, de renunciar incluso a su familia pero no lo hizo, al menos no mientras yo fui su amiga.

Pienso en cómo mis allegados sufrieron esos estragos: Mis parientes geis incapaces de aceptarse porque según un señor con vestido y con tendencias pedofílicas les dijo que eso no estaba bien. Mis amigas aguantando matrimonios violentos porque dios los unió. Mis alumnos sintiendo la duda de que sus hermanxs se fueran al cielo porque como su muerte fue suicidio, sus católicos padres decían que eso es pecado.

Pienso en mi familia: En mi hermana tan atea que se volvió anticiencia. En mis padres temerosos de dios. En mi tía, a punto de fallecer, tan asustada por la muerte que lo último que dijo fue viva cristo rey.

Pienso en el miedo, en la manipulación y la culpa con la que nos manejan. En el orgullo de pertenecer a cierto sector. En el dinero, en la pederastía y la hipocrecía. 

Pienso en sus crímenes, que son pecados, pero son absueltos porque otro hombre les dice que así son.


Pienso en el perdón, en la misericordia. 

La razón por la que tantos CRIMINALES e hijos de la verga se vuelcan al cristianismo-catolicismo es porque esas iglesias les ofrecen la absolución completa: No necesitan reparar su daño, con su "arrepentimiento" basta.

¿Por qué Dios odia a lxs que son como yo y abraza a sus atacantes?







¿Dios castiga?

Esa pregunta me la hice temprano en mi formación como católica, camino a mi primera comunión.

-Dios no castiga, Dios es amor y te perdona- me contestó la señora del catecismo.

Pero Dios castigó a la humanidad, desde el inicio de los tiempos. Literalmente el primer libro de la Biblia es el Génesis, que habla sobre cómo castiga a Eva y Adán. Sobre cómo a Adán le impone el capitalismo y a Eva el dolor del embarazo.

Dios castiga a la humanidad cuando manda a los ríos y mares invadir la tierra y Noé tiene que crear la arca.

Dios los castiga a todos: A Moisés, a Rebecca, a Sansón, a Martha, carajo, castiga a su PROPIO HIJO a morir en una de las peores muertes pensadas por las personas. Castiga a Judas Iscariote. Castiga a todos los discípulos de Jesucristo. 

Castiga a los judíos, castiga a los romanos, castiga a los cristianos, castiga a los herejes, castiga a las trabajadoras sexuales, a los pobres, a los discapacitados.

Carajo, ¿No mató a literal niños, en la plaga contra Egipto?

Dios te castiga si crees en ESO, te castiga si no es así.

Pero aún así me metieron hasta por la nariz que Dios es amor y Dios todo lo perdona.





Perdóname, Padre, porque he pecado mucho de pensamiento, palabra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa...


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