lunes, 20 de abril de 2026

Un chico bueno y una chica triste

 Mis traumas son como mis lunares: Tendrías que prestar particular atención para notarlos. 


Me gusta pensar eso pero en realidad creo que soy visiblemente una persona bastante afectada por la vida. Alguna vez alguien muy cercano a mí dijo que mi naturaleza vulnerable y franca despierta en los demás este sentido de protección, de ternura. Creo que fue una manera amable de decirme que le doy lástima a quién sea que tenga que tratarme XD No podría culparle, yo también siento lástima de mí misma.

Ahora bien, con los años me he vuelto plenamente consciente de que este estado tan frágil que *APARENTO* (porque no lo soy, nomás me veo así) es un factor importante para atraer a depredadores u otro tipo de gente abusiva. Mostrarme tan abierta en internet o en persona da una impresión equivocada: Un artificial sentido de acceso público, tierra fértil para relaciones parasociales. Escribir tan abiertamente de mí en sitios públicos, tener una apariencia insignificante es, aparentemente, una invitación a construir una relación unilateral conmigo.

¿Por qué? 

Porque estamos viviendos los peores tiempos para saberse humano: La hiper individualidad, el mal llamado "amor propio", los temacheros y tradwives astetiks atentan contra toda forma de vínculo real. Conectar con otras personas nunca ha sido más difícil que ahora, que aunque parezca que tenemos todo al alcance, nada es real. Nadie es real. Somos pantallas, personajes curtidos por las tendencias de internet, performances en la calle y palabras vacías y movimientos psicológicos aprendidos en lo más barato de internet.

Es ya un patrón dentro de mis relaciones que la otra persona siempre inicie conversación conmigo, porque tiene una idea de mí. Me habrá visto por el parque paseando a mi perro, me conoce por una amiga en común. Coincidimos en algún taller o dio con mi blog por accidente. 

La conexión es inmediata: ¡Por fin una persona real! se dicen. Pero conforme nuestras conversaciones se profundizan, la convivencia crece, se dan cuenta de que no soy esta manic pixie dream girl que imaginaron. No siempre soy chistosa, no siempre tengo energía, no siempre estoy de humor para existir. Tampoco les daré lo que quieren de mí: Motivos para vivir. Emociones intensas que les sacudan sus monótonas y aburridas vidas. Romance, sexo, palabras de amor, discusiones, llantos. La certeza de que lo que sea que viven conmigo es único y es real.

Cuando pasa, suelen elegir la manera más cruel para romperme el corazón. Me arrancan como una curita cuando su cicatriz de insatisfacción ha sido curada y ya no les sirvo. Voy directo a la basura.

Gracias, Mariana, pero hasta aquí llego contigo.

No considero a ninguna de esas personas gentiles ni bondadosas, por eso cuando conozco a alguien que sí me trata bien es... desconcertante.

¿Los papeles se han revertido?




Estoy muy segura que si fuera más convencional y menos, ya saben, traumada, me resultaría más sencillo empatar con las personas. Incluso cuando soy tan introvertida que rayo en lo huraño, sé que si me esfuerzo puedo entablar conversación en donde sea. Casi hasta parezco agradable. Será acaso el desfile de desengaños que he estado viviendo desde, bueno, ¿Desde mi adolescencia?, que el cinismo me ha convertido en una persona bastante triste y amargada. 

Espero lo peor de quién sea que diga quererme, que diga tener interés en mí. Es una manera de autopreservación el pensar que hay un trasfondo en tus palabras. Quieres mis días soleados, mi buen humor, mi cuerpo a las once de la noche, mis palabras de amor, mi corazón... Pero no quieres mis discusiones, no quieres mi llanto, no quieres mi estrés. Quieres lo que te imaginas que soy, no lo que realmente he sido y seré.
Pero véanlo de esta manera: Si dices la verdad, podríamos llegar a un acuerdo en vez de ilusionarme y jugar conmigo.

El mecanismo de defensa producto de mis traumas se hace evidente cuando reconozco el patrón de conducta: No vas a romper conmigo porque eres cobarde, pero vas a ser negligente y vas a abandonarme poco a poco hasta que yo me harte del sufrimiento y te mande al diablo.
Ya me la sé.

Pero entonces él entendió que estaba yo pasando por una depresión y me dio mi tiempo y luego volvió, sin resentimientos ni señalamientos. Y se ha quedado.
Siendo paciente, siendo atento, siendo interesante, siendo divertido, siendo una compañía que nunca imaginé que podría necesitar, que podría merecer.
Un  hombre cishetero decente, ¿Y me tocó a mí conocerlo?

Tal vez es la manera que tiene diosita de decirme que debo dejar de ser tan cínica y tan amargada y aceptar que tal vez todavía hay esperanza para los de su especie.

Tal vez.




Pero tampoco voy a mentir, a veces todavía siento un miedo crepitar dentro de mí: El augurio de que el desastre se acerca. Esta compañía y cercanía con alguien que sí se preocupa y me respeta lo suficiente como para cuidar mis sentimientos es como la calma antes de la tormenta. Y la paranoia empieza, mi estrés postraumático grita: Esto va a devastarme cuando se acabe exactamente como se acabaron mis historias pasadas. Esto va a sepultarme a una profunidad infernal, de la que no podré salir. Esto sería el último clavo en mi ataúd de la esperanza.


¿Es ésta mi oportunidad de permitirme sentir esperanza de que las cosas en mi vida pueden mejorar, que soy digna de algo bueno? ¿O es mi chance de jalar el gatillo, siendo yo la que tiene el arma empuñada?



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Un chico bueno y una chica triste

 Mis traumas son como mis lunares: Tendrías que prestar particular atención para notarlos.  Me gusta pensar eso pero en realidad creo que so...