Mi primer funeral, si no mal lo recuerdo, fue cuando tendría como unos seis o siete años. Estaba plenamente consciente de lo que sucedía: Mi abuelo paterno había fallecido y en mi mente infantil adoctrinada por el catolicismo, eso significaba que se había ido al cielo, porque según yo mi abuelo fue un buen hombre. La recompensa por haberse portado bien en vida es ir con diosito.
Pero los demás nos quedamos aquí, por supuesto. Su esposa, sus hijxs, sus nietxs, sus amigxs. Quizás yo estaba más concentrada en entender qué era la muerte que no me detuve a pensar en lo que significaba para mi papá perder a su papá, pero sin duda, más allá de una experiencia traumática, fue para mí la entrada a un mundo que no conocía:
La muerte.
A partir de ese momento empecé a convivir con ella, La Muerte(C), porque no sólo vino por mi abuelo sino por mis demás abuelxs, por mis tíxs, por mis primos, por mis maestrxs, por mis amigxs incluso.
Había años malos, en los que se morían tres personas que conocía y eran años terribles. A veces nomás una persona. Para mí un excelente año era cuando la gente que quería seguía viva, no importaba las tragedias personales que podía a travesar.
Y era una experiencia que he vivido mucho: En la primaria, en la secundaria, en la preparatoria, en la carrera, en mis años de adulta. Nunca se vuelve más fácil y de hecho creo que veo las cosas diferentes cada vez que me fundo en mi cama de regreso de un velorio.
Quisiera poder decir "una aprende de tanto funeral al que asiste" pero quizás lo más útil que descubres es quién realmente te quiere y está ahí para cuando lo necesites, de la manera que sea. Porque, honestamente creo que importan más los brazos que te abrazan en el estacionamiento de la funeraria que las manos que te aplauden en tu momento de victoria.
Con el tiempo, por más desensibilizada que he querido ser, creo que me he vuelto más... no sé, ¿Compasiva? Más consciente de lo que la muerte de un ser querido representa para quién la vive.
Yo la he vivido de muchas maneras: Con mi abuelo, cuando era muy niña. La muerte de mi abuela materna apenas y la tengo presente pero por mi escasa edad y el hecho de que mi padre ocultara el estado real de mi madre para dejarla vivir su duelo sin miedo a asustarnos.
Con mi primo, cuando era adolescente, desconcertada porque fue un accidente y todo fue muy sorpresivo, muy rápido y aún así no quería ir al funeral. Al final sí fui.
Con mi maestro, cuando iba en el segundo semestre de la carrera, todavía ni siquiera terminabamos el ciclo escolar cuando ya estábamos en la iglesia dándole el último adiós.
Uno año y medio después con Gerardo, en el que la pasé muy mal llorando en los baños de la escuela, atentando contra mi vida las noches de noviembre.
Con una amiga muy cercana, en mi primer año de trabajo formal y profesional. Bebí tanto que no pude llegar al cementerio, me quedé llorando en una esquina, debajo de un árbol. Y estuve así, llorando y ebria el resto de los meses y bueno, ya saben, no me gusta hablar del 2018.
Y eso sólo por mencionar las más cruciales en mi formación y mi percepción de la vida y la muerte.
¿Qué tomas de tantas pérdidas, de tanto dolor, de tantas despedidas, de tantos salones de azulejos pulcros y Jesucristos clavados en una cruz?
Créanme, me he tomado mi tiempo para recorrer cada camino que se me ha ocurrido: La religión, cualquiera que ofrezca una respuesta para la muerte. La ciencia, la psicología, la tanatología, la medicina. He leído sobre historia, sobre las antiguas civilizaciones cómo vivían esto del duelo, la muerte, el adiós orgánico.
He recurrido incluso a la poesía, al cine, a la música.
Quiero respuestas, pero ahora a mis treinta, y después de todo lo que he vivido, me doy cuenta de que mis preguntas están mal formuladas.
¿Qué nos pasa cuando morimos?
Dolemos. Le dolemos a quiénes nos amaron.



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