Quizás a lo largo del tiempo mi consumo ha ido variando con respecto a mis actividades: Bebía considerablemente menos cuando estudiaba, reservaba mis ganas para las reuniones de fin de mes con mis amigas o cuando viajaba a Guanajuato capital para ver a la chica que me gustaba. Cuando me gradué y me hice de un trabajo serio y formal, bebía casi diario. Un fourloko, con uno me bastaba. Claro que solía comprar otro para mi roomie, quién rara vez lo aceptaba.
Luego renuncié y volví a casa de mis xadres, donde mi consumo volvió a disminuir, más que nada porque debía cuidar el poco dinero que me quedaba en lo que buscaba otra cosa y porque mis xadres, personas que abandonaron el alcohol y el tabaco, nunca les gustó vernos (o saber) a mi hermana y a mí beber.
Pese a eso nunca dejé de beber: Bebía sola, en mi casa. Bebía cuando iba a ver a mis amigxs, bebía con ellxs, en fiestas o cuando nomás lxs iba a ver a sus trabajos. Bebía con el muchacho que conocí en tinder, nuestra relación se basaba en tres cosas: "Hacernos compañía", beber y ver películas en el cine.
Bebía soltera, bebía triste, bebía feliz, bebía en las fiestas familiares, bebía en las fiestas de mis amistades.
¿Pero beber enamorada?
Beber enamorada me alteró para siempre.
Nunca consideré mi consumo como problemático. Claro, era quizás ligeramente un poco más frecuente pero nunca entorpeció mis responsabilidades ni mi vida en general. Tampoco era de que terminara vomitando en el baño ni que la cruda me resultara debilitante.
Entonces conocí a esta persona. Y esto, por supuesto, no es CULPARLE DE NADA. Ellx no tiene responsabilidad alguna sobre mis decisiones, sólo para aclararlo, sólo estoy escribiendo sobre lo que viví.
Esta persona tenía (¿O sigue teniendo? probablemente sí) un problema con el abuso de sustancias. Casi que se presentó con eso, como si fuera una característica que compartiéramos. Yo no juzgué su actitud ni nada pensando en eso, de hecho para mí parecía bastante funcional y normal, contrario a mí, cuyo estado etílico remarca o disminye mis rasgos: Ebria soy más eufórica, social, más alegre, más soportable quizás. Más desinhibida, menos ansiosa y por lo tanto, una versión más digerible.
¿Pero ellx? Ellx me parecía totalmente sobrix. Sensatx, sensible, alerta.
Me gustaba mucho, me enamoré como no me pasaba en un tiempo considerable y por más que lo intentara. Ellx llegó como un regalo, literal, un día después de mi cumpleaños. Estaba muy contenta de saberme acompañada y amada. Fue surreal amar cuando pensé que ya nunca podría hacerlo, no a la persona que amé antes. Y creo que en esa bruma de enamoramiento, la famosa llamada "luna de miel", mi cuerpo pidió más. Y se lo di, porque el alcohol amplifica todo y es emocionante.
Si el amor que ya estaba viviendo me hacía sentir, ¿Se imaginan ebria? Y bebí en días en que no bebía.
Luego hicimos que la noche del sábado fuera nuestra y ellx se tomaba algo o fumaba algo y yo bebía.
No era un tema tabú entre nosotrxs. Hablábamos de lo que habíamos ingerido el martes al medio día o el sábado a las cinco de la tarde. Nos compartimos nuestras experiencias, hablamos de nuestras preferencias, y nunca nos juzgamos de adictxs a pesar de saber que técnicamente lo éramos.
Todo iba bastante bien. Ellx me amaba y yo a ellx también. Nos juntábamos los sábados para ver pelis de terror (porque ambxs amamos el cine de horror), nos intoxicábamos, nos desvelábamos, compartíamos nuestros cuerpos, nos escribíamos cartas de no-amor, nos hicimos una playlist para documentar todo. Hablábamos mañana, tarde y noche. Compartíamos nuestras inquietudes creativas (porque ellx también escribe ficción) y yo sentí que realmente existía una vida después del amor, una vida que era más amor.
Y entonces las drogas se interpusieron. Ellx cruzó una línea que le marqué con énfasis. La cruzó por las drogas. Dijo que "tuvo una mala reacción", que pudo morir.
Eso fue la primera alarma que sonó en mi cara, con grandes luces rojas.
"Esto se va a EMPEORAR"
¿Pero hice caso? Apenas atendí a mis instintos. Me sentí tan herida que le pedí algunas cosas pero recordándole que le seguía amando como antes de ese incidente.
Ellx no tomó muy bien eso, porque aunque dijo que lo entendía y lo respetó (quiero pensar), de todas maneras su manera de ser cambió.
Dejé de beber por la euforia de este amor y empecé a beber por ansiedad. Parecía que sus desplantes eran un castigo: Dejó de tener sábados conmigo, dejó de desearme los buenos días, dejó de poner música a nuestra playlist. Dejó de hablar conmigo.
Y yo me morí. Me morí entre la angustia, el desamor y el alcohol.
Y confieso que, pese a que han pasado dos años, no he podido regular del todo mi consumo. A veces creo genuinamente que se me ha ido de las manos.
Terminamos eventualmente, yo inicié la ruptura y ellx lo aceptó. Quisimos mantener una amistad porque según yo, ambxs nos apreciábamos aunque fuera como amigxs pero ellx me ghosteó meses después, exactamente en un día de febrero del 2025.
Simplemente dejó de responder a mis mensajes, mis llamadas, mi todo.
Es cierto que la última conversación que tuvimos "como amigxs" se tornó en discusión pero no fue ofensiva ni hiriente. Fue una plática tensa, incómoda quizás, pero pensé que el sentimiento de apreciación y cariño estaba ahí. ¿Cuántas veces no me dijo que me quería, que me amaba?
Nada de eso importa, porque al final creo que sólo quería aspectos de mi persona: Quería mi corazón, mi cuerpo, mis ideas. Ellx no quería mi amistad, no quería mi compañía.
Quería mi presencia, sobre todo cuando estaba ebria, en mi mejor versión.
Después de ese bombardeo, intenté retomar mi vida. Intenté olvidar sus reclamos porque le dije que era amiga de mis ex, intenté olvidar sus groserías, sus rechazos, todo lo malo. Intenté olvidar todo lo bonito que vivimos, el amor que sentía por ellx, el amor que ellx dijo sentir por mí. Le borré de mi vida y me concentré en pasar un día a la vez.
Pero ese día se convirtió en un día bueno, y un día malo, y en los días malos la sed me ardía en la boca. En los días malos mis piernas se movían a la vinícola, y mi desesperación me llevó a probar nuevas cosas que antes no consideraba viables "por dignidad".
Mi cartera se hizo anoréxica, me hicieron miembro de la tienda y llegué al punto de que ni necesitaba pedir porque los empleados rápidamente me servían, como si leyeran mi mente.
Llegué al punto de que aprendí a vomitar en silencio, porque que mis xadres se dieran cuenta de que estaba vomitando a las cuatro de la madrugada significaba un regaño.
Me vi obligada a mentir por mi cara ante mis amistades: Las ojeras son porque no he dormido bien. La inflamación es porque estoy en mis días. La resequedad es por el frío.
Mi cuerpo se debilitó, mi voluntad también.
Si bebía, no lo suficiente como para terminar arrastrando las palabras, era un buen día.
¿Cuántas cosas no puse en mis redes sociales que tuve que borrar porque al día siguiente me daban vergüenza? ¿Cuántas conversaciones sostuve con mis amistades que me detectaron desde el primer momento?
Una vez di una sesión de mi club de lectura completamente borracha. Al día siguiente no me acordaba de lo que dije, es más, creo que ni terminé de leer el libro pero la di, firme, puntual. ¿Alguien me dijo algo después? No.
Quisiera terminar este post diciendo que estoy mejor ahora. Que aprendí a manejarme más. Que soy más juiciosa.
No es así.
Pero lo estaré, porque a mí lo que no me mata me hace más artística y chistosa.






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