lunes, 25 de mayo de 2026

La primera persona que amé

 ¿Era un él o era una ella?

Une elle no podría ser, no tan temprano en mi vida alguien llegó con esos pronombres.


Recuerdo sus manos, eran suaves, eran cálidas, se deslizaban con tanta facilidad por debajo de mi falda. 

Y hacía calor, era un día caluroso, lo recuerdo. 

Creo que mucha gente recuerda un rostro en específico cuando les preguntas cuál fue la primera persona que amaron. Su primer amor. También creo que la gente queer que vivió su infancia y adolescencia e incluso adultez dentro del clóset o negándose a sí misme no podría evocar una imagen con tanta facilidad.

Cuando amamos, nos descubrimos a nosotrxs mismxs porque entendemos partes de nuestra identidad que no conocíamos antes y ciertos aspectos de nuestra naturaleza despiertan. Para la gente dentro de la norma cisheteroalosexual no es un rompecabezas por armar. Para la gente queer, incluso en nuestros días que parecen tan soleados y progres, sigue siendo un pasado incómodo, a veces doloroso, vergonzoso.

Las historias que uno contaría en un bar, en una cena de boda, en una cita, en una navidad con la familia, esos romances que se vuelven anécdotas lindas o divertidas, para nosotrxs representan peligro, incertidumbre y a veces hasta confusión.

¿Quién fue nuestro primer amor? ¿La persona que nos hizo "darnos cuenta" de que éramos queer, o la persona a la que nos aferramos para sentir lo que nos dijeron que debíamos sentir?





¿Mi primer amor fue el muchachito con el que me di besos de pico detrás de un árbol en la kermés de la secundaria porque me sentía presionada de demostrar mi supuesta heterosexualidad ante mis amigos?

¿Fue el practicante de maestro de deportes que fue a hacer su servicio a mi escuela y al que yo consideré como guapo en voz alta frente a mis amigas?

¿Fue mi compañera de mesa en la primaria que me causaba tanta risa que terminaba con dolor de cara y panza?

¿Fue la niña del campamento de verano con la que nos fugábamos de las actividades para irnos a tirar al pasto, ver el cielo y hablar de las cosas que nos daban miedo que me tomaba de la mano?

¿Fue el primer muchacho que me escribió una carta de amor? ¿La primera chica que me dio un regalo caro?
¿Fue el primer chico que metió su mano debajo de mi falda, fue la primera muchacha que me llevó a su cama?

¿Fue quién me regaló una playlist, quién me dibujó con todo su talento? ¿Fue el nombre tras la carta que recibí la madrugada del  25 de abril? ¿Fue quién me acusó de brujería? ¿Fue quién se unió al equipo de fútbol de mi ex nomás para hacerme reír?

¿Fue quién se ha unido a todos mis planes, o fue quién se perdió entre mi cuerpo, mis traumas y mi tristeza?





Ahora sí que con tres whiskys encima puedo decir que José José tenía razón, el amar y querer no es igual.
Querer, desear, aspirar, idealizar, tener y moldear difieren tanto de amar, en el sentido que amar es aceptar.

Queremos a alguien porque nos gusta, porque nos acomoda, porque nos va, porque es divertidx, porque es lindx, porque nos hace venir.
¿Pero amar? ¿El amor depende de todo eso?

¿El amor es sexo y romance? ¿Es regalos, tiempo, llamadas, celos, fotos en instagram, playlists? 

¿El amor no existe de otra manera?

¿El amor jamás se alimenta de vergüenza, de auto-desprecio, de auto-lesión, de miedo? ¿El amor no es consuelo en el funeral de tu familia? ¿No es váter cuando vomitas porque estás muy ebria? ¿No es reclamarte que no has comido? ¿No es cuidar, no es proteger, no es supervisar...?

¿En dónde, en qué mundo, podemos permitirnos esto a la gente queer?




Si le preguntas a tu amigx queer quién fue su primer amor, va a vacilar. No porque no lo recuerde, sino porque no estará seguro de tu referencia.

¿Quién fue mi primer amor?


¿La persona con la que me obligué a ajustarme a la norma, o la primera persona con la que me sentí diferente al resto del mundo? 

¿Es quién me correspondió primero, dentro de mi identidad, o es quién me usó o yo usé?

¿Quién fue el primer amor de charlie marian?

¿Fue la niña de la primaria que le hacía doler la cara de tanto hacerla reír? ¿Fue el muchacho de los ojos verdes con el que se toqueteó un par de veces? 




La primera persona que amé fue la hoja en blanco antes de ser ensuciada con mi tinta, mis palabras, mi corrector.

¿Lo primero que genuinamente amé? A Karli. Desde los 18 años.


viernes, 15 de mayo de 2026

Te amo. Me estás arruinando la vida.

 Incluso después de todo este tiempo me sigo preguntando si alguna vez me reconciliaré con el hecho de que las promesas que esa vida me ofrecía jamás se cumplirán. Al menos no de la manera en que deberían haberse cumplido.

Cuando una se invierte tanto en una relación termina perdiendo todo lo que una vez la hizo un individuo. Sucede aún cuando sea algo que salió de la absoluta nada, como un chispazo de genialidad, una idea espontánea y sin origen. Así es, estoy hablando de ella, mi carrera.

Educación Especial llegó a mí como una idea alterna a mi plan original. Saben que yo desde muy chica quise ser escritora, pero viniendo de una familia panista de clase media, el arte no era un pronóstico optimista si quería, ya saben, comer y tener techo. Así que la educación especial vino como una sugerencia, gracias a un capítulo de Glee. Ya sé, ya sé, ¿Quién elige una carrera por el maldito nombre de un capítulo de un maldito programa musical y gay? Pues a los diecisiete años no tienes muchos elementos ni muchas herramientas que te permitan crear un panorama y poder planificar mejor.

Pues así fue. De todas maneras ya tenía familia en la educación, mi abuela materna tenía un preescolar, varias de mis tías -incluída mi madre, aún sin título- estudiaron y trabajaron como maestras. Una de mis tías hasta se hizo de renombre dentro del gremio de la educación especial incluso cuando todavía no era ni siquiera una rama relevante del sistema educativo.

Me gusta mucho convivir con niños, educación especial significaba un propósito importante para mi vida, ¿Qué podía salir mal?


Pues todo salió mal.

Pero al menos salí viva -apenas- de eso.




Estudiarla fue una odisea. Una divertida aventura llena de retos, de anécdotas, de estrés y de buenas amistades. Fue sumergirme en un mundo totalmente diferente al que conocía, porque deben entenderme, yo desde los siete años estaba casada con la literatura, los libros, las historias. Mi vida hasta entonces se rodeaba de letras, de imaginación, del clic de las teclas al escribir, del color amarillo de los libros viejos. Todo eso era el universo entero. Era yo. Y ahora estaba entre salones llenos de colores, de gritos. De niñitos sonrientes, de manos pegajosas ensuciándome el mandil, de libros para planificar mis clases, de material rugoso, pintura, de exámenes, de fólders paja llenos de impresiones.

Mis compañeros dejaron de ser otros autores, muertos en su mayoría y ahora eran adultos, muchos muertos emocionalmente. 

Me gradué, me titulé y pasé el examen de oposición para obtener una plaza a los veintidós. Y una vez conseguido un lugar en el voraz mundo laboral, lo único que escribía era éste blog. Leía pero cada vez era menos.

El tiempo dejó de ser una excusa, porque ahora era la energía. Tenía el dinero para comprar los libros que quisiera (bueno, ni tanto XD) tenía vacaciones para dedicarme a escribir, pero lo que no tenía era la energía ni la voluntad. Estaba tan cansada, todo el tiempo. Perdí las ganas de siquiera preguntarme cosas, ya no quería ni imaginar ni nada. 

Invertí todas mis herramientas en sobrevivir al entorno tan violento y hostil en el que estaba: "Así es el mundo laboral, Mariana, acostúmbrate" me dijeron para consolarme.

Me rehusaba a creer que era parte normal del magisterio. Me rehúsaba a considerar aquel acoso como una eventualidad, algo que pasaría, algo insignificante. Las cosas se pusieron muy mal para mí porque por más que busqué ayuda, pedí consejos, acudí con mis supervisores e hice todo lo que me dijeron, nadie hacía nada. Eran puras lavadas de manos.

Empecé a beber mucho. De que diario fourloko, vodka o algo más, para poder dormir, porque de lo contrario no podía (Y mi ex-rumi puede dar fe de esto) y cada vez que viajaba por carretera de verdad pensaba "Ojalá algo estúpido y horrible suceda y me muera alv".

La culpa que me daba de siquiera pensar en suicidarme porque mi ex-rumi tendría que lidiar con ese desmadre, y mi familia sufriría estando lejos de mí y mis alumnitos no sabrían o no entenderían por qué les abandoné y... Pero un accidente en carretera, como los que a diario suceden, me libraría de todo eso.

Evidentemente jamás pasó.


Ser maestrx es difícil, ser una buena maestra es incluso más difícil. Entre escuelas en ruinas, compañeros violentos, padres de familia hostiles (que no fue mi caso pero me consta que los hay), las dificultades que los niños viven y que puedes hacer poco o nada porque "no te toca", la precarización y todo lo demás, no es para cualquiera. Hay quiénes sólo hacen lo indispensable, cobran su quincena y duermen por la noche cómodamente. Hay quiénes tienen que luchar contra el sistema, contra el estado, contra la maña, contra todo por ofrecerles lo mejor a sus alumnos.

Yo me enamoré de la educación especial a sabiendas de que le pertenecía a algo más. Iba en camino a quitarme la vida por ello, pero en algún momento de lucidez, entre resacas y pesadillas, decidí que tenía que irme si no quería acabar muerta antes de los veintisiete.

Renuncié.

Renuncié sin tener un plan b, sin una idea clara de lo que haría después, de qué tanto estaba dispuesta a comprometer de mi persona para conseguir un cheque, de qué tanto era ético perder de mí para seguir en el sistema.

Renuncié al magisterio, pero no renuncié a la educación especial.

En estos años he tenido diversidad de trabajos, ninguno fijo, algunos son sobre mi licenciatura, otros no lo han sido.

Ser maestra es difícil en este país y yo decidí que no estaba dispuesta a morir por esta carrera. 

Te amo, Educación Especial, pero me estabas arruinando la vida.



Me niego a ser fatalista, sé que las cosas pueden ser mejores para los alumnos, los maestros y la comunidad en general. Pero mientras no haya un consenso, una organización y un frente unido, eso no pasará.

La educación especial me ha dado muchas cosas: Experiencias más allá de mi mundo, me dio la satisfacción mágica del agradecimiento de los alumnitos, que te ven como su compañera en el mundo, su aliada. Recibir sus cartas llenas de cariño, con trazos torpes y faltas de ortografía, pero sabiendo que no se las pediste, que nació de su corazoncito, no tiene precio ni comparación. El "Gracias, maestra, nadie había sido paciente con mi hijo hasta usted" de las mamás y papás es algo que no se puede replicar de ninguna forma. Es fundirte en la comunidad, conocer sus desafíos, enfrentar los que vienen y aprender, crecer juntos.

Me dio a una mejor amiga que cambió mi vida para siempre, alteró mi química cerebral y mi manera de ver la vida y la muerte (aunque ya sabemos cómo acabó eso lol karli si lees esto regresa!!!)

Me dio amigas, me dio dinero, me dio el orgullo de mis padres (que lowkey perdí cuando renuncié lmfao no me arrepiento de nada!!) y mis amigxs.

Cambió mi vida. Te amo, educación especial, me estás arruinando la vida.




¿Podré alguna vez escapar de la sombra que el haber sido maestra es?

¿Me considero menos maestra ahora que no ejerzco?

Creo que educar y enseñar es algo que tienes o no tienes, seas lo que seas, te dediques a lo que te dediques. Creo genuinamente que hay gente que nació para ofrecer conocimiento a otros, creo que muchos maestros no tienen eso que llaman vocación. ¿Tengo vocación yo?

No sé. A lo mejor. La cosa es que mi vocación y mi corazón no están alineados. Me encanta mostrarle a la gente cosas que no ven, ilustrarles otras perspectivas, me gusta aprender de los demás, enriquecer mi entendimiento, cuestionar desde que despierto y hasta que me acuesto, pero...

No moriría peleando por el imperio, por el estado, exactamente como no moriría por el magisterio, la sep, la seg, las escuelas privadas. 

Sí moriría por el pueblo, moriría por los alumnos, sobre todo los que están en desventaja.




No sé si alguna vez podré reconciliarme con esa renuncia, esta ruptura. Siete años después de titularme, sigo sin poder terminar de vivir el duelo de perder lo que pensé que una vida me prometía. 

Pero honestamente en este punto no sé quién perdió más: Si yo, o ellos.


La primera persona que amé

 ¿Era un él o era una ella? Une elle no podría ser, no tan temprano en mi vida alguien llegó con esos pronombres. Recuerdo sus manos, eran s...