Incluso después de todo este tiempo me sigo preguntando si alguna vez me reconciliaré con el hecho de que las promesas que esa vida me ofrecía jamás se cumplirán. Al menos no de la manera en que deberían haberse cumplido.
Cuando una se invierte tanto en una relación termina perdiendo todo lo que una vez la hizo un individuo. Sucede aún cuando sea algo que salió de la absoluta nada, como un chispazo de genialidad, una idea espontánea y sin origen. Así es, estoy hablando de ella, mi carrera.
Educación Especial llegó a mí como una idea alterna a mi plan original. Saben que yo desde muy chica quise ser escritora, pero viniendo de una familia panista de clase media, el arte no era un pronóstico optimista si quería, ya saben, comer y tener techo. Así que la educación especial vino como una sugerencia, gracias a un capítulo de Glee. Ya sé, ya sé, ¿Quién elige una carrera por el maldito nombre de un capítulo de un maldito programa musical y gay? Pues a los diecisiete años no tienes muchos elementos ni muchas herramientas que te permitan crear un panorama y poder planificar mejor.
Pues así fue. De todas maneras ya tenía familia en la educación, mi abuela materna tenía un preescolar, varias de mis tías -incluída mi madre, aún sin título- estudiaron y trabajaron como maestras. Una de mis tías hasta se hizo de renombre dentro del gremio de la educación especial incluso cuando todavía no era ni siquiera una rama relevante del sistema educativo.
Me gusta mucho convivir con niños, educación especial significaba un propósito importante para mi vida, ¿Qué podía salir mal?
Pues todo salió mal.
Pero al menos salí viva -apenas- de eso.
Estudiarla fue una odisea. Una divertida aventura llena de retos, de anécdotas, de estrés y de buenas amistades. Fue sumergirme en un mundo totalmente diferente al que conocía, porque deben entenderme, yo desde los siete años estaba casada con la literatura, los libros, las historias. Mi vida hasta entonces se rodeaba de letras, de imaginación, del clic de las teclas al escribir, del color amarillo de los libros viejos. Todo eso era el universo entero. Era yo. Y ahora estaba entre salones llenos de colores, de gritos. De niñitos sonrientes, de manos pegajosas ensuciándome el mandil, de libros para planificar mis clases, de material rugoso, pintura, de exámenes, de fólders paja llenos de impresiones.
Mis compañeros dejaron de ser otros autores, muertos en su mayoría y ahora eran adultos, muchos muertos emocionalmente.
Me gradué, me titulé y pasé el examen de oposición para obtener una plaza a los veintidós. Y una vez conseguido un lugar en el voraz mundo laboral, lo único que escribía era éste blog. Leía pero cada vez era menos.
El tiempo dejó de ser una excusa, porque ahora era la energía. Tenía el dinero para comprar los libros que quisiera (bueno, ni tanto XD) tenía vacaciones para dedicarme a escribir, pero lo que no tenía era la energía ni la voluntad. Estaba tan cansada, todo el tiempo. Perdí las ganas de siquiera preguntarme cosas, ya no quería ni imaginar ni nada.
Invertí todas mis herramientas en sobrevivir al entorno tan violento y hostil en el que estaba: "Así es el mundo laboral, Mariana, acostúmbrate" me dijeron para consolarme.
Me rehusaba a creer que era parte normal del magisterio. Me rehúsaba a considerar aquel acoso como una eventualidad, algo que pasaría, algo insignificante. Las cosas se pusieron muy mal para mí porque por más que busqué ayuda, pedí consejos, acudí con mis supervisores e hice todo lo que me dijeron, nadie hacía nada. Eran puras lavadas de manos.
Empecé a beber mucho. De que diario fourloko, vodka o algo más, para poder dormir, porque de lo contrario no podía (Y mi ex-rumi puede dar fe de esto) y cada vez que viajaba por carretera de verdad pensaba "Ojalá algo estúpido y horrible suceda y me muera alv".
La culpa que me daba de siquiera pensar en suicidarme porque mi ex-rumi tendría que lidiar con ese desmadre, y mi familia sufriría estando lejos de mí y mis alumnitos no sabrían o no entenderían por qué les abandoné y... Pero un accidente en carretera, como los que a diario suceden, me libraría de todo eso.
Evidentemente jamás pasó.
Ser maestrx es difícil, ser una buena maestra es incluso más difícil. Entre escuelas en ruinas, compañeros violentos, padres de familia hostiles (que no fue mi caso pero me consta que los hay), las dificultades que los niños viven y que puedes hacer poco o nada porque "no te toca", la precarización y todo lo demás, no es para cualquiera. Hay quiénes sólo hacen lo indispensable, cobran su quincena y duermen por la noche cómodamente. Hay quiénes tienen que luchar contra el sistema, contra el estado, contra la maña, contra todo por ofrecerles lo mejor a sus alumnos.
Yo me enamoré de la educación especial a sabiendas de que le pertenecía a algo más. Iba en camino a quitarme la vida por ello, pero en algún momento de lucidez, entre resacas y pesadillas, decidí que tenía que irme si no quería acabar muerta antes de los veintisiete.
Renuncié.
Renuncié sin tener un plan b, sin una idea clara de lo que haría después, de qué tanto estaba dispuesta a comprometer de mi persona para conseguir un cheque, de qué tanto era ético perder de mí para seguir en el sistema.
Renuncié al magisterio, pero no renuncié a la educación especial.
En estos años he tenido diversidad de trabajos, ninguno fijo, algunos son sobre mi licenciatura, otros no lo han sido.
Ser maestra es difícil en este país y yo decidí que no estaba dispuesta a morir por esta carrera.
Te amo, Educación Especial, pero me estabas arruinando la vida.
Me niego a ser fatalista, sé que las cosas pueden ser mejores para los alumnos, los maestros y la comunidad en general. Pero mientras no haya un consenso, una organización y un frente unido, eso no pasará.
La educación especial me ha dado muchas cosas: Experiencias más allá de mi mundo, me dio la satisfacción mágica del agradecimiento de los alumnitos, que te ven como su compañera en el mundo, su aliada. Recibir sus cartas llenas de cariño, con trazos torpes y faltas de ortografía, pero sabiendo que no se las pediste, que nació de su corazoncito, no tiene precio ni comparación. El "Gracias, maestra, nadie había sido paciente con mi hijo hasta usted" de las mamás y papás es algo que no se puede replicar de ninguna forma. Es fundirte en la comunidad, conocer sus desafíos, enfrentar los que vienen y aprender, crecer juntos.
Me dio a una mejor amiga que cambió mi vida para siempre, alteró mi química cerebral y mi manera de ver la vida y la muerte (aunque ya sabemos cómo acabó eso lol karli si lees esto regresa!!!)
Me dio amigas, me dio dinero, me dio el orgullo de mis padres (que lowkey perdí cuando renuncié lmfao no me arrepiento de nada!!) y mis amigxs.
Cambió mi vida. Te amo, educación especial, me estás arruinando la vida.
¿Podré alguna vez escapar de la sombra que el haber sido maestra es?
¿Me considero menos maestra ahora que no ejerzco?
Creo que educar y enseñar es algo que tienes o no tienes, seas lo que seas, te dediques a lo que te dediques. Creo genuinamente que hay gente que nació para ofrecer conocimiento a otros, creo que muchos maestros no tienen eso que llaman vocación. ¿Tengo vocación yo?
No sé. A lo mejor. La cosa es que mi vocación y mi corazón no están alineados. Me encanta mostrarle a la gente cosas que no ven, ilustrarles otras perspectivas, me gusta aprender de los demás, enriquecer mi entendimiento, cuestionar desde que despierto y hasta que me acuesto, pero...
No moriría peleando por el imperio, por el estado, exactamente como no moriría por el magisterio, la sep, la seg, las escuelas privadas.
Sí moriría por el pueblo, moriría por los alumnos, sobre todo los que están en desventaja.
No sé si alguna vez podré reconciliarme con esa renuncia, esta ruptura. Siete años después de titularme, sigo sin poder terminar de vivir el duelo de perder lo que pensé que una vida me prometía.
Pero honestamente en este punto no sé quién perdió más: Si yo, o ellos.
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