jueves, 11 de junio de 2026

No me puedes salvar


 Septiembre, 2018.


Desde que tengo uso de razón, ha habido una tristeza dentro de mí que me ha llevado casi toda mi vida entender. Ahora, a mis treinta y uno, he llegado a la conclusión de que es inherente a mi persona y por más razones que le busque o explicaciones que le encuentre, lo cierto es que así nací: Tristita.

Los primeros años de mi vida fueron una marea de confusión porque aparentemente la gente a mi alrededor no se planteaba lo que yo me planteaba, no sentía con la misma intensidad, era casi como si estuvieran en otra onda, viviendo en otro mundo, habitando un ser más... Más no, ¿Más sano, mejor, más saludable?

¿Es la tristeza saludable? ¿Es la tristeza un castigo? 

Aprendí en mi entorno que la tristeza era un defecto de carácter. Que sólo la gente estúpida se entristece, que mientras no te falte techo, comida y escuela, no podías sentirte triste porque lo tenías todo. Y en cierta manera lo entendía, tenía sentido para mí el hecho de que la tristeza era debido a la falta de algo. 

Entonces, si a mí no me faltaba nada, de vez en cuando hasta podía decir que tenía de más, ¿Por qué me sentía así?

¿Por qué siempre he sentido esta espinita en mi corazón, este vacío que parece no llenarse con nada?

No es una sensación implacable, algo que me deje tirada en la cama, tampoco es algo tan abrumador que me haga llorar, que me desborde, que me rompa a cada momento. Es más, a veces se vuelve tan ligero, tan delgado, apenas una sombra por ahí en el rincón de mi mente, que ni me doy cuenta de que está ahí.

Genuinamente a veces puedo disfrutar mi vida y mi persona como cualquiera. Pero al cabo de unos segundos me vuelvo consciente: Oh, ahí estás otra vez, vieja amiga... Tristeza..


Le digo tristeza como nombre propio, en realidad es algo más complejo que sólo estar triste. Es una mezcla entre un vacío incomprensible, el color gris y esta ambigua sensación de necesitar algo. Algo no para mí, pero algo que me hace falta.

Quizás el hecho de estar tan consciente del delive mundial me ha dañado permantemente el entusiasmo por vivir. Quizás sólo me tocó este cerebro incompleto y esta alma rota. Si hay gente que nace con discapacidad, si hay gente que nace gay, si hay gente que nace con ciertos rasgos, ¿Por qué no podría nacer yo triste?

"Mariana, creo que has estado deprimida toda tu vida"

¿Saben qué? Creo que sí.






La semana pasada, en la fiesta de cumpleaños de mi hermana, hablaba con una prima a la que tenía un buen rato sin ver. Ella me decía: Yo admiro y respeto mucho a los escritores... A todos, en especial a los que escriben ficción, historias... Yo no podría. Es muy difícil.

Yo me carcajeé. No sabía si lo decía para echarme porras o porque genuinamente lo creía. Pero como soy autodespectiva y jamás pierdo oportunidad de echarle tierra a mi oficio, le dije:

    -Se necesita tener un trauma particularmente hondo para vivir escribiendo historias-

Ella no se rió, sólo dijo, muy seria:

    -Pues es que sí, sí se necesita tenerlo-

La conversación se extendió a más temas sobre escribir, el cine y el arte en general. Fue una plática bastante estimulante porque amo hablar de eso pero rara vez tengo la oportunidad de explorar con otra gente.

Me la pasé bastante bien, al final de la noche volvía a casa y pensé en aquellas palabras. Aunque tenía meses, presumiblemente años de no verla, aunque sabíamos tan poco de nuestras vidas porque ni siquiera nos tenemos en redes sociales, mi prima pudo dar en el blanco ante mis dianas y cuando me compartió su diagnóstico psiquiátrico todo tuvo sentido. Ella es neurodivergente, obviamente me iba a entender, y de reojo miré a la mesa donde estaban mis papás, que ellos también son neurodivergentes sin diagnóstico, ¿Por qué no me entendían?

¿Por qué, si la mitad de mis amistades son neurodivergentes, les cuesta tanto entender mis limitaciones y mis características? 

¿Es que esta depresión es causada y perpetuada por mi núcleo familiar? ¿Es que en otras condiciones estaría viviendo mejor?





Pues me fui de mi casa a los veintiuno. Apenas se me fue entregado mi diploma de la carrera, hice mi examen de oposición y conseguí una plaza, me fui sin mirar atrás.

Viví un año lejos de mi casa, de mi familia. Visitándolos en fines de semana porque durante las vacaciones viajé. Vivía en un entorno lejos de mis vigilantes padres, lejos de mi demandante hermana, lejos de mis geniales amistades. Me fui.

Mi horario era perfecto para cualquier introvertido: 9:00 am, despertar. 2:00 pm, entrar al trabajo. 7:30 pm volver a casa. Mi rumi vivía en un horario matutino, rara vez coincidíamos y cuando era así íbamos al cine, a cenar, a conciertos. A veces simplemente no hacíamos nada más que compartir espacio. 

Fue una época buena: Ganaba dinero, trabajaba mucho, no tenía tiempo para pensar en las injusticias del mundo... Pero me topé con las injusticias de la escuela, de la zona, del municipio. Ya no tenía tiempo para leer las noticias porque estaba preocupada en la situación de mi salón de clases. Apagué el teléfono y abrí la botella porque tenía problemas que no podía solucionar de raíz. Dejé las noches de antro porque mi situación laboral me quitaba el sueño.

Busqué ayuda. Sabía que iba camino al precipicio del suicido y necesitaba intervención. Quizás lo más espantoso del asunto fue que ante los ojos de mi familia, yo era útil, era prolífica, era exitosa, entonces no había razón para acabar con mi vida. Mis amigxs me veían como éste ser perfecto que alcanzó la solución milenial ante tanta desiguldad y precariedad. Pero yo me sentía drenada, rota, y la autolesión comenzó.

Fueron quizás pensamientos, fueron quizás acciones minúsculas como beber diario, dejar de comer y dormir tres mierdas. El chiste era la descomposición de mi cuerpo mortal, imperfecto....

No sucedió.

No pasó por razones que todavía no entiendo. Hubiera preferido morir de innanición afuera del depa de Karli antes que tener que soportar el humillante proceso de renunciar a una plaza.

¿Te imaginas? Renuncié a un trabajo estable, con sueldo estable, con prestaciones de ley, con cierto nivel de reconocimiento social y yo... Simplemente llené mi renuncia y me fui en la parte trasera de la camioneta de mis papás. Y me quise morir los meses siguientes, no les diría intentos pero tampoco decisiones sanas.

No me morí. De hecho, creé otras cosas... pero nada de eso me apaciguó este impulso de quitarme la vida.





Tengo páginas prolíficas de memes en facebook, twitter, bluesky, tiktok. Tengo un club de lectura. Tengo tres blogs de temáticas diferentes. Exprimo mi tiempo para escribir mis historias, mi ficción. Atiendo a mi perro de cinco años. Hago el desayuno, comida y cena. Me baño a diario. Leo al menos dos libros al mes. Bebo... Dios, bebo de maneras no saludables y luego me someto a la sobriedad nomás para sentir algo. 

Me siento tan triste, tan desesperanzada, tan abandonada, tan... Tan derrotada.

Salgo al mundo e interactuo con personas y las ojeras que se les asoman fueron por una mala noche, una mala rutina nocturna, un mal trabajo. Salgo al mundo con mis amistades y sé que sus rutinas son metódicas, ellas están felices, todo les funciona -quizás no en la manera en que desearían-pero ninguna de ellas se despierta a las 3 y media de la madrugada porque soñó con la Llorona. Salgo al mundo y veo a mi familia, la estabilidad de mi hermana, la decepción de mis padres, el éxito de mis primos...

Pienso: Debería morirme, porque no sirvo como humano. 

Es lo más lógico, ¿No?






Pero mi perro... Manzano

Mi club de lectura... 

Mis amistades...

Mis papás...

Mis romances....

Mi huella en el mundo...

Y desde hace un tiempo que dejé de pensar en ellxs, lo cual es preocupante. Pienso en mi ficción, las historias no terminadas de escribir, todo lo que tengo por contar... Debería estar participando en concursos, ganando premios, siendo reconocida y sólo me limito a sentir lástima de mí misma y beber... 

Bueno, he decidido cambiar eso, ¿Qué será? Es cosa de que me sigan leyendo :)





No hay comentarios.:

Publicar un comentario

No me puedes salvar

 Septiembre, 2018. Desde que tengo uso de razón, ha habido una tristeza dentro de mí que me ha llevado casi toda mi vida entender. Ahora, a ...